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miércoles, 21 de enero de 2026

EL SILENCIO NO EXISTE

EL SILENCIO NO EXISTE 


Hoy es un día especial,

solo por serlo,

por nada en particular.


Quizá por eso 

he hecho las cosas 

de otra manera.


Me he sentado,

con mi café,

y no he puesto la televisión,

tampoco música,

mis adorados vinilos

quedan huérfanos de aguja

en sus rincones.


Solo yo, el café y el silencio.


De repente, todo era más real.

El calor de la taza

entre mis manos,

el cálido olor de su néctar,

el frío y la humedad 

azotando mis pies,

un estornudo,

el silencio y yo mismo.


La evidencia se yergue,

el silencio no existe,

la realidad suena

aunque a menudo,

tan a menudo,

cerremos nuestras puertas 

a poder escucharla.

La lluvia,

repiqueando en la ventana;

un coche,

que vuela furioso calle abajo;

la estática,

el fluir de la electricidad 

que alimenta las quimeras

que nos aterrorizan 

haciéndonos creer

que sin ellas todo es vacío.

Vader se acerca al comedero,

su crujir al masticar

es rítmico y gozoso.

El silencio nunca será tal

mientras estén los gatos.


Este silencio lleno de sonidos,

de vida,

penetra en mí 

y me equilibra.

Me devuelve al aquí,

al ahora.

Me ofrece el regalo

del sentimiento de realidad.

Y lo más real,

ya lo han dicho otros,

soy yo.


Me he observado,

una experiencia extraña.

Un retrato de mis temores

se ha presentado ante mí 

y los he reconocido como tales.

El gran monstruo:

condenados a luchar y no vencer.

No somos nada

el uno sin el otro.

Victorias dolorosas.

Cada una, una derrota.

Toda una historia de ellas

que es la mía propia.


Lecter y Henrylee

están otra vez de jarana,

es lo suyo,

dos gatitos chicos,

aunque uno ya no lo sea,

siempre jugando,

siempre a la gresca.

Un caos controlado,

me enfrenta a mi historia

que ahora se me antoja

más apasionante 

que cualquier zarandaja 

de los émulos de la realidad.

Mi guerra con el monstruo 

es el juego de mis gatos.

Nunca termina,

se bufan,

se muerden,

se persiguen,

se amenazan,

se abrazan,

se lavan,

comparten la comida

y duermen juntos

porque hace mucho frío.


La mirada serena de Mika, 

acurrucada en un cojín,

contagia la mía,

me concede ataraxia,

me reconcilio,

sin buscarlo,

conmigo mismo

y el alivio,

el instante de gozo,

vale mil vidas huyendo.


El silencio no existe,

es la vía a todo lo real.

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