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miércoles, 21 de enero de 2026

EL SILENCIO NO EXISTE

EL SILENCIO NO EXISTE 


Hoy es un día especial,

solo por serlo,

por nada en particular.


Quizá por eso 

he hecho las cosas 

de otra manera.


Me he sentado,

con mi café,

y no he puesto la televisión,

tampoco música,

mis adorados vinilos

quedan huérfanos de aguja

en sus rincones.


Solo yo, el café y el silencio.


De repente, todo era más real.

El calor de la taza

entre mis manos,

el cálido olor de su néctar,

el frío y la humedad 

azotando mis pies,

un estornudo,

el silencio y yo mismo.


La evidencia se yergue,

el silencio no existe,

la realidad suena

aunque a menudo,

tan a menudo,

cerremos nuestras puertas 

a poder escucharla.

La lluvia,

repiqueando en la ventana;

un coche,

que vuela furioso calle abajo;

la estática,

el fluir de la electricidad 

que alimenta las quimeras

que nos aterrorizan 

haciéndonos creer

que sin ellas todo es vacío.

Vader se acerca al comedero,

su crujir al masticar

es rítmico y gozoso.

El silencio nunca será tal

mientras estén los gatos.


Este silencio lleno de sonidos,

de vida,

penetra en mí 

y me equilibra.

Me devuelve al aquí,

al ahora.

Me ofrece el regalo

del sentimiento de realidad.

Y lo más real,

ya lo han dicho otros,

soy yo.


Me he observado,

una experiencia extraña.

Un retrato de mis temores

se ha presentado ante mí 

y los he reconocido como tales.

El gran monstruo:

condenados a luchar y no vencer.

No somos nada

el uno sin el otro.

Victorias dolorosas.

Cada una, una derrota.

Toda una historia de ellas

que es la mía propia.


Lecter y Henrylee

están otra vez de jarana,

es lo suyo,

dos gatitos chicos,

aunque uno ya no lo sea,

siempre jugando,

siempre a la gresca.

Un caos controlado,

me enfrenta a mi historia

que ahora se me antoja

más apasionante 

que cualquier zarandaja 

de los émulos de la realidad.

Mi guerra con el monstruo 

es el juego de mis gatos.

Nunca termina,

se bufan,

se muerden,

se persiguen,

se amenazan,

se abrazan,

se lavan,

comparten la comida

y duermen juntos

porque hace mucho frío.


La mirada serena de Mika, 

acurrucada en un cojín,

contagia la mía,

me concede ataraxia,

me reconcilio,

sin buscarlo,

conmigo mismo

y el alivio,

el instante de gozo,

vale mil vidas huyendo.


El silencio no existe,

es la vía a todo lo real.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Deletereus Musicae Liber (III): una reflexión sobre el mito de la música nociva

 Sobre la cuestión que, aunque no lo parezca por lo poco que escribo sobre ella, me interesa he encontrado este vídeo en el que analiza el tema de una forma bastante pertinente a mi modo de verlo. Mi pregunta es si esto es un ejemplo bien argumentado sobre la existencia de música realmente nociva o estamos frente a otra manifestación más del mito de la música nociva aliñada con una dosis de complejo de Frankenstein aderezada con la sempiterna lucha generacional y con una sobrecubierta conspiranoica (recordemos el asunto de la PMRC para no ir más lejos). Quizá se trate de un punto medio entre ambas. Eso sin entrar en que esto tiene una pinta de estar hecho por IA que tira de espaldas, aunque eso no tiene porqué, necesariamente, invalidar el contenido. Este vídeo requiere, en definitiva, un análisis en más profundidad, así como ahondar en otros discursos del mismo individuo para valorar el conjunto, cosa que, por el momento, no puedo detenerme a hacer como es debido. Dejo aquí el vídeo como recordatorio para retomar el estudio más adelante.



Todos los comentarios constructivos serán bien recibidos.


jueves, 25 de septiembre de 2025

Deletereus Musicae Liber: Citas I

La música era lo único que me quedaba. La música es universal, eso es verdad, pero hay que ver qué mala influencia puede llegar a tener en la gente.

- Attila Veres


Del relato El cielo lleno de cuervos, y luego nada en absoluto, en Negro tal vez, Madrid 2024: Sexto piso (p.275)

Un poco de contexto.

Se trata de un relato en el que un demonio, destinado a cuidar del elegido a ocupar el trono de un infierno, decide inculcar en este el amor al heavy metal en el convencimiento de que esa música es la más oportuna para cumplir con su objetivo de coronarlo. Por desgracia, a raíz de ello el elegido establece otro tipo de prioridades.


lunes, 1 de septiembre de 2025

Deletereus Musicae Liber (II): una primera aproximación al problema del black metal.

 Dentro del estudio de la música nociva, cuya hipótesis nula es que esta no existe por sí misma y que depende de otras variables ajenas al hecho puramente musical, el subgénero conocido como black metal puede resultar problemático. Hay mucha tela que cortar sobre este particular de modo que, para ir encuadrando el tema, vamos a servirnos del un artículo de opinión publicado recientemente en The Guardian y que se puede encontrar aquí para quien desee acudir directamente a la fuente. Se trata de un texto de la escritora eslovaca, y colaboradora habitual del medio, Ana Schnabl, en el cual nos relata su experiencia con el género. Veamos qué nos cuenta.

El titular nos habla de algo muy común a quienes no somos angloparlantes, el hecho de llevarnos las manos a la cabeza cuando por fin entendemos las letras de muchas de las canciones que hemos disfrutado desde pequeños. El mero fenómeno de escuchar música en un idioma que no es el propio y deleitarse en ella sin comprender los textos que se cantan ya es en sí mismo muy interesante. Los estilos musicales tienden a tener un idioma oficial muy ligado al entorno cultural en el que se desarrollan originalmente. Así, la ópera y el italiano van de la mano (aunque con su expansión terminaron escribiéndose óperas en muchos otros idiomas, como en el caso del rock), el flamenco y el español aunque lo canten en Japón, la bossa nova y el portugués, o el blues y sus derivados y el inglés (aunque ya hemos señalado que ha terminado, como la ópera, siendo cantado en todos los idiomas imaginables). ¿Es la música un lenguaje universal capaz de ser comprendido más allá de las palabras que contiene? La respuesta parece compleja.

Por un lado la respuesta es afirmativa. Obviamente se puede disfrutar de una canción sin comprender absolutamente nada de lo que está diciendo su letra. Es más, tengo amigos que no saben ni una palabra de inglés pero la mayor parte de la música que escuchan es en este idioma y ellos se imaginan lo que las canciones quieren decir, adaptándolo, consciente o inconscientemente, a lo que ellos quieren que digan. A otros, este mismo desconocimiento, les ha servido de estímulo para aprender el idioma en cuestión y saciar su curiosidad por saber qué están diciendo en realidad esas canciones que tanto les gustan. Y ya no hablo solo del inglés, me consta que hay personas aficionadas al K-pop aprendiendo coreano, cada uno que haga con su vida lo que le apetezca, evidentemente. El disfrute siempre será potencialmente mayor cuando entiendes lo que te están diciendo, o al menos en teoría, porque llegado ese momento se puede plantear un problema y es que lo que te estaban diciendo, sin tú saberlo, entra en conflicto con lo que tú entiendes que es correcto. Se produce una quiebra pues lo que comprendías, o creías comprender, era una construcción personal basada en una parte de la información que no estaba accesible para ti y que, cuando la has conseguido, pone en duda lo que dabas por sentado. Dado que la música apela de un modo directo a las emociones lo que se da es una sensación de traición a los sentimientos más básicos. ¡Menudo palo!

De esto nos habla la autora, del chasco que se llevó cuando se sumergió en los textos y las historias del black metal. No sé si con la música que escuchaba se pensaría que las letras iban sobre margaritas, amor, la primavera y el olor de la sal en un atardecer a orillas del mar Cantábrico, que pudiera ser, pero yo creo que no sería muy coherente. Lo que sí es seguro es que no esperaba el presunto salto de autenticidad que da el género. Donde otros estilos de rock y metal son todo pose, espectáculo y entretenimiento, el black metal reclama para sí ser el baluarte de ese algo tan esquivo que es la autenticidad y muchos de sus devotos lo llevan a ultranza, o al menos esa es la imagen que quieren proyectar. La autora nos dice que su yo adolescente estaba fascinado con el aspecto y el sonido misantrópico de esas bandas, pero que se horrorizó cuando vio lo que eso significaba. 

—¡Huy, mira que chulo es ser misántropo! 

—Pero, ¿tú sabes lo que es eso? 

—No, pero mola mucho. 

—Pues mira, hija, ser misántropo es esto —Se lo muestra. 

—¡Ay, no, que puto horror!

Este boceto de diálogo viene a ser un resumen de lo que nos cuenta Ana en su artículo, pero ese resumen grosero nos priva de la oportunidad de analizar cosas muy importantes que pone encima de la mesa. Vayamos por partes porque para eso hemos venido, no para mofarnos de algo que, por otra parte, es más serio de lo que puede parecer.

La historia empieza en la adolescencia de la autora, no podía ser de otro modo. Ese período existencial, que parece un invento del siglo XX aunque en eso entraremos en otro momento, en el que nos estamos buscando a nosotros mismos y que tan delicado puede llegar a ser. Siempre hay un amigo qué, alguien carismático, un influencer que dicen ahora, o lo que sea, que nos guía. Un flautista de Hamelín, tema del que nos ocuparemos pronto. En este caso, un amigo que llevó a nuestra protagonista a introducirse en el black metal. Afirma haber llenado su habitación de posters, haber cambiado su vestimenta por ropa negra y pasarse horas en foros sobre el género buscando ediciones raras, pero no haberse enterado de qué iba el tema.

Me da la impresión de que esta falta de conocimiento sobre el contenido de aquello que escuchaba no se sostenía en el desconocimiento del idioma o tener escaso acceso a la información, sino a una falta genuina de interés que pudiera tener como base el haber hecho una primera interpretación errónea, ya hablamos de ello arriba, que resulta útil y nos hace esquivar el buscar lo que son las cosas en realidad. Además denota cierto carácter compulsivo de querer hacerse con una colección completa de CDs, ediciones raras, etc que también resulta interesante. No sabemos, no podemos saber, si es un rasgo suyo personal que se ha seguido manifestando en otras facetas de su vida o algo adscrito a, y propiciado por, esa afición temporal al black metal. Me temo que el mundo en el que vivimos potencia ese rasgo en todos, I want it all and I want it now, lo que supone otro tema en sí mismo sobre el que detenernos en algún momento.

Cuando le llega el momento de la revelación su primera reacción es la habitual en esto casos, tratar de negociar con ello. Que Varg Vikernes, pues con no escuchar a Burzum está la cosa resuelta. Doy por sentado que usted conoce sobre Varg Vikernes, en caso contrario le invito a preguntar por ahí y formar su propio criterio al respecto. Pero, claro, luego rascas un poco y te encuentras que en el mundo black metal hay más nazis que botellines. Es lo que tiene una música ligada desde su origen al satanismo y que encima tiende a creérselo, no a espectacularizarlo como otros géneros. Si nos atenemos a lo que dicen los libros el satanismo, a nivel político, va a estar más cerca del nazismo que de la socialdemocracia, por ejemplo. Si buscas rebelión, misantropía y provocación y te asustas porque encuentras nazis, es de no haberlo pensado mucho. No existe cultura humana sin música asociada, ¿qué te hace pensar que los nazis no iban a tener la suya? Cierto, el black metal no es música nazi por sí misma, pero se presta la mar de bien a ello y, de hecho, hay toda una rama dentro de ella, el NSMB, que se mueve en esos parámetros. Por supuesto, nadie te obliga a escucharla o a estar de acuerdo con sus postulados. Puedes odiarla, repudiarla, denunciarla donde estimes oportuno, juntarte con tus amiguis y cancelarla en tuister (o X como lo llaman ahora), escribir rebatiendo sus postulados, lo que te de la gana, pero no podemos negar su existencia. Es absurdo porque está ahí y no va a desaparecer porque no te guste. A mí tampoco es algo que me vuelva loco, pero mi opinión no modifica la realidad. La cuestión aquí es si este black metal es música nociva. Veamos que más dice la autora.

Tras la revelación nos habla de lo ya estábamos planteando, que se trataba un problema típico de la adolescencia, y del ser humano en general, que es el de la pertenencia. Había decidido, de nuevo consciente o inconscientemente, que pertenecía a la comunidad black metalera, que la imagen que se había preformado era real y había soltado el timón sin ni siquiera abrir los ojos a ver donde en realidad estaba metiéndose. Hay mucho black metal que no es nazi, ni por asomo, e incluso ya ni satánico, más allá de eso, los manierismos blackmetaleros han sido adoptados por músicos que ni siquiera buscan esa autenticidad que hablábamos antes y para los que la música es "mera creación artística"; nuestra protagonista parecía haberse dado al NSBM sin darse cuenta y cuando se enteró de qué iba el rollo salió huyendo de todo e incluso terminó perdiendo el contacto con su introductor en ese mundo a pesar de que él también lo abandonó por los mismo motivos. No sé, a mí me parece que la historia puede ser un poco más compleja que lo que nos cuenta, pero no ahondemos por ahí.

La autora lanza una cuestión importante. Si hubiera seguido escuchando esa música, ¿hubiese terminado adoptando las ideas que subyacían a ella? Sus conclusiones son claras, permítaseme la cita directa:

We like to imagine that we are the authors of our convictions – that ideology arrives through argument and reason. But often it slips in sideways, piggybacking on aesthetics, community, taste. When you’re young, especially, belonging can matter more than belief. You pick up codes and allegiances without even noticing. You mouth things before you mean them. And the more you repeat them, the more you become them.


What saved me wasn’t my own moral clarity, but a quiet act of attention. Someone I trusted took the time to investigate what I hadn’t, and offered that knowledge without condescension. It didn’t feel like a confrontation. It felt like being gently turned back toward myself.

Para quien no entienda inglés viene a decir que nos gusta pensar que nuestras ideas nos son propias, que son fruto de la argumentación o la razón, pero que a veces nos la cuelan de los modos más diversos y que cuando eres joven es más fácil todavía. La pertenencia y los gurús son malos consejeros. Paradójicamente, lo que la salva a ella es también una especie de gurú que le ayudó a volver al redil. ¿Estamos hablando todavía de música?

Finaliza la autora afirmando que ahora sí presta atención a los textos de la música y me parece fantástico que lo haga, le puede ahorrar muchos disgustos como el de encontrarse escuchando y disfrutando algo con lo que no está de acuerdo, música nociva. Sin embargo, a pesar de este testimonio que nos regala Ana Schnabl, sigo pensando que el problema no es de la música en sí misma sino del uso que se hace de ella porque, claro, transmitir ideología nazi es malo. O al menos es malo en los términos de aquellos que no somos nazis, los nazis es harto probable que lo vean de otra manera e incluso aprovechen los textos de estas canciones para exponer sus puntos de vista. Y ahora, ¿quién es el bueno y el malo? ¿Quién tiene razón? Me temo que ahí sí que entramos en otro tema que se aleja por completo del foco de interés de esta investigación que es la existencia de la música nociva, aunque nos da un parámetro que creo que seguiremos viendo más a menudo conforme avancemos. El problema subyacente a una música que se considere nociva es un enfrentamiento entre cosmovisiones contrapuestas. Mientras tanto el artículo de The Guardian nos ha propiciado unas cuantas pistas sobre las que dirigir nuestras pesquisas y profundizar en el futuro. Gracias Ana por tu historia y a ti, estimado par de ojos que leen con atención, por tu tiempo.

domingo, 24 de agosto de 2025

NINGÚN SER VIVO ES INOCENTE

 Empezar esta nueva etapa analizando un libro cuyo titulo es una declaración patente de nihilismo. No es un nihilismo radical, no se adentra en la deconstrucción de los propios términos que utiliza para adentrarse en la nada y la desesperación más absoluta, pero pone en duda toda la posibilidad de sociedades que reposen sobre escalas de valores pues, al ser imposible la inocencia, es absurdo señalar a los culpables. Todo ser existente será culpable de aquello que esté a su alcance perpetrar pues por su propia naturaleza incurrirá en la falta, ¿cómo se puede hacer a alguien responsable de hacer lo que está en su propia naturaleza hacer? Es un pensamiento terrible, pero ciertamente no muy alejado de la realidad. Es por ello que la humanidad lleva milenios pergeñando leyes, sistemas morales y religiones que traten de atar en corto esta tendencia para hacer sobrellevable la vida, dado que esta tiende a ser vivida en grupo. Una vez establecidos esos códigos, que pueden ser medianamente seguidos por el vulgo, se puede crear una sociedad en la que la existencia esté más o menos garantizada (sí, ya sabemos que tararí que te vi, pero la idea que subyace es esa, luego vienen los que pueden no ser inocentes a aprovecharse de ella y empieza el baile, pero esa es otra cuestión). En ese sistema, romper con el código desencadena el horror y de algunos de esos horrores, de los de la guerra, de las dos Guerras Mundiales a las que nos vimos abocados el siglo pasado, es de lo que nos va a hablar este libro de Arcadio Rodríguez Tocino.

Sería una tentación entrar a desgranar relato a relato el contenido del libro, pero no creo que sea la mejor forma de enfocar esta reflexión pues, con ello, privaría al lector del placer del descubrimiento desde cero que debe acompañar a toda lectura. Sin embargo, sí hay cosas que estimo necesarias poner sobre la mesa y para ello debo remontarme a un pueblo de Sevilla, Utrera, y finales de los años ochenta. Allí y entonces, ¿quién lo hubiese sospechado?, nacía un grupo que sería pionero del death metal en España. Estamos hablando, por si alguien no lo ha pillado todavía, de Necrophiliac. Para quienes, como un servidor, crecimos en Sevilla, amando y tratando de tocar metal extremo desde principios de los 90, Necrophiliac eran mucho más que una influencia o un grupo que nos gustase, eran el faro que nos guiaba. No puedo dejar de mencionar otros monstruos de la escena como Lightning, Infestus, Excreted Alive o Mawkish Ingestion, pero todos ellos se miraban en los de utrera igualmente, ellos abrieron el camino. Y de qué manera.

Chaopula, Citadel of Mirrors fue el resultado de aquella primera etapa que, en 1995, terminó. España no es país para el death metal, y el sur menos todavía. El hecho de que el género haya persistido vivo aquí es digno de estudio, quizá otro día lo afrontemos. A partir de ese momento, y durante veintisiete años, Necrophiliac se convirtieron en leyenda, en grupo de culto absoluto. Y, como suele suceder tarde o temprano, se produjo la reunión. Comenzó con un rumor, alguien diciendo que iban a tocar en no sé dónde, que estaban pensando en grabar y lo iban a sacar con el Rotten (me refiero Dave Rotten, cantante de Avulsed y capo máximo de Xtreem Music, para los despistados). Al final se materializó en un buen número de conciertos memorables, tanto aquí como en otros puntos de España, y un disco sólido como el mármol en el que demostraban que lo de entonces no fue un golpe de suerte. No living man is innocent, otra forma diferente de decir lo mismo que el título que encabeza estas líneas o el del libro de Arcadio que es el eje, o quizá no tanto, en torno al que nos reunimos: No hay inocentes entre los vivos.


El último de esos conciertos, al menos que yo tenga constancia, fue aquí, el 23 de Noviembre de 2025, junto a Avulsed, Unbounded Terror, Obscure y los recién llegados Hellhounds, firmaron una noche inolvidable. Tras la soberbia actuación de Necrophiliac, donde se cascaron el Chaopula de la pe a la pa, además de otros temas, pude hablar con Bongo, vocalista de la banda, y pillarle este libro de Arcadio que, como ya sabrás o habrás empezado a sospechar a poco que poseas un mínimo de sagacidad, está muy relacionado con el disco. Los textos de No living man is innocent están basados en las lecturas del vocalista a lo largo de años sobre hechos que no han pasado a la gran historia pero que se produjeron al amparo de las guerras. Un contexto que permite que lo peor que anida dentro de cada uno de nosotros se desboque sin consecuencias previsibles. Y de lo malo, lo peor. Pocos temas mejores para un disco de death metal del más auténtico que se pueda escuchar.


Una charla sobre música y literatura al amparo de sendos libros, el otro era uno mío, tras un concierto de Necrophiliac es todo un lujazo. Ahí me enteré, por boca de su autor, que los textos de Chaopula estuvieron influenciados por la lectura de Borges. Todo un tema que me encantaría que me contase con más detenimiento la próxima vez que coincidamos, porque el que tomó el foco de nuestra atención fue el libro de Arcadio. Tampoco es un contexto en el que se puedan tener conversaciones largas y profundas con todo el mundo queriendo saludar, hacerse una foto y ese tipo de cosas, con mi interlocutor. A pesar de ello le dio tiempo a explicarme que no se quedó satisfecho con lo que había plasmado en el disco, que había mucha más tela que cortar y que le hubiese gustado escribir un libro de relatos donde volcar todo cuanto se le había quedado en el tintero. Como no se sentía capaz de hacerlo él mismo, cosa que termino de entender, no creo que hubiese tenido problema en hacer un buen trabajo de haberse puesto a ello, buscó a alguien que se acoplase al proyecto y ese alguien fue Arcadio Rodríguez Tocino.


Arcadio es un reconocido escritor dentro de la comunidad del metal por su trabajo en múltiples medios musicales y su prolífica obra literaria, parte de la cual ha orientado al género bélico con notable solvencia. Era, sin lugar a dudas, el candidato ideal para lo que planeaba Bongo. El resultado quedó palpable y se vino conmigo a casa esa noche.

El libro se compone de once relatos, más un prólogo y un epílogo, que abordan hechos que sucedieron al amparo de la realidad atroz que propiciaron los conflictos referidos. No hay una intención moralizante, no te da las pistas de lo que tienes que pensar o sentir, aunque es muy obvio porque las situaciones que narra no dejan lugar a dudas. El hombre es un lobo para el hombre y los mayores lobos han empleado todos sus recursos y talentos durante siglos para transformar a los demás en corderos, con mayor o menor acierto. Cuando el fulcro se sale del punto medio los pequeños lobos, que pasaban desapercibidos bajo pieles de cordero, enseñan los dientes y, a poco que les es posible, muerden. Pero esta realidad, terrible, ya la sabíamos todos, ¿no? Aún así, merece la pena sumergirse en la obra de Arcadio y bucear en algunas de las peores cosas que ha podido llegar a vivir y perpetrar el ser humano. Nunca pierdas de vista que tu vecino, o tú mismo, podría llegar a un punto semejante si la balanza se pusiera de su parte. Ningún ser vivo es inocente, ya se lo decía Paul Newman a Tom Hanks en Camino a la perdición: None of us will see heaven.

No hay mucho más que decir sin desvelar lo que debe ser leído sobre el papel. No encontraba mejor forma de empezar esta nueva etapa orientada al nihilismo que hablando de este curioso tándem creado por Necrophiliac y Arcadio Rodríguez Tocino. Gracias por su atención, espero que disfruten de la música y la lectura. Recuerden no creer en nada y menos de aquello que dicen quienes quieren venderles algo, esto es: todo el mundo. No hay inocentes entre los vivos.

martes, 19 de agosto de 2025

CAMBIO DE RUMBO

 Empiezo una nueva etapa en este blog que pasa de ser El aprendiz de solarística a Cuadernos de un nihilista pasteurizado. Espero que con este pequeño golpe de timón me vuelva la inspiración bloguera y poder ir desgranando aquí algunas ideas. De momento no voy a profundizar mucho en el cambio, que quizá no lo sea tanto, ¿quién sabe?. Quede esta nota como fulcro, necesario punto de inflexión. 

viernes, 20 de septiembre de 2024

Budapest - Nieves Mories

Hace ya tiempo que el nombre de Nieves Mories resuena en mi entorno lector cuando se habla de autores patrios de terror, en este caso autoras y además con todas las de la ley porque estoy descubriendo una serie de autoras que me están dejando con las patas colgando, entre ellas esta que hoy nos reúne. Es una auténtica gozada los libros que nos están regalando estas mujeres, sí, regalando, porque lo que pagues por ellos es poco en comparación con lo que ofrecen. Ojalá vean recompensado el esfuerzo y dedicación que ponen en cada uno de estos textos.

Ya había leído Asuntos de muertos de esta autora y me quedé con las ganas de reseñarlo porque no me sentía capaz de encontrar las palabras apropiadas para hacerle justicia. Ahora con Budapest esa sensación se acrecienta aun más sobre la base de que el libro es más raro que un ornitorrinco. Esta rareza no es algo negativo, al contrario es uno de sus puntos fuertes, pero complica un poco el poder transmitir una idea de qué te vas a encontrar si osas abrir sus páginas.


He aquí un pequeño ornitorrinco que he encontrado en el Internet a modo de demostración empírica de lo rarunos que son, por si nos los conoces en persona. En inglés se dice platypus, para terminar de arreglarlo.

El libro ya empieza apuntando maneras desde el prólogo de Daniel Pérez Navarro que no tengo muy claro quién y me va a perdonar que no me ponga ahora mismo a informarme. En el prólogo en cuestión se habla de música. De Béla Bartók, Georg Solti, György Ligetti, Zoltán Kodály... Todo ello mezclado con referencias literarias, pero sólo por ese enfoque musical y esos músicos que tanto admiro ya me tiene ganado, aunque no me prepara para nada para afrontar lo que me espera encerrado en las páginas que vienen a continuación. ¿Qué podría hacerlo?

Con Budapest, Nieves Mories nos lleva a un viaje desolador por un páramo postapocalíptico que se supone es la ciudad que da título al libro pero casi podría ser cualquiera. Este viaje irá de dentro a fuera de sus personajes, adelante y atrás en el tiempo, sin aviso, sin orden aparente. No parece ser intención de la autora contarnos una historia tanto como meternos en ella, hacernos sentirla, desconcertarnos con imágenes atroces que se superponen hasta desbordar nuestra resistencia a esos oscuros horrores de la Tierra que gustaba glosar Lovecraft. Llega un punto en el que tanta ocurrencia descarnada y macabra termina por hacer que tu cerebro diga basta y se plantee su propia cordura por insistir en seguir adelante con semejante lectura, pero sabes, ya lo has descubierto hace rato, que no estás leyendo un libro si no contemplando un mosaico donde las escenas forman un todo que es mayor que la suma de sus partes y tú tienes que discernir. Hay que dar un paso atrás y observar con perspectiva cada pincelada como un cuadro impresionista. ¿Recuerdas a Van Gogh? Un pequeño trazo de color de sus lienzos no es nada si no lo ves en conjunto. La cordura implosiona pero no puedes parar de leer, quieres ver ese Budapest devastado desde todos los ángulos que Nieves tenga a bien, o a mal porque esto es un poco perverso, mostrarte.


Sé que queda un poco cutre poner la portada de una captura del móvil, pero es que lo he leído en ebook y como le haga una foto al Kindle en blanco y negro ya sí que va a ser horrendo el asunto.

Poco a poco, como decía, la historia de Cara y Carlo va penetrando en tu mente, se va haciendo con ella. Estos dos niños que son primos pero han crecido como hermanos deambulan buscando cuentos y comiendo corazones, a primera vista parece una chorrada, me costó asumirlo, pero algo en el tono, en la forma de escribir de Nieves Mories me empujó a seguir y pronto todo tuvo menos sentido aun, pero dentro de esa extraña coherencia. Hay una historia, evidentemente, está ahí, contada de un modo discontinuo que dificulta seguirla y ponerla en pie, pero no somos críos a los que hay que mostrarles como se juntan las piezas de un puzzle. No seré yo quien te desvele lo que vas a leer, le quitaría la gracia al asunto.

Sí que he reconocido algunos de esos temas que parece que a la autora le gustan, a juzgar por lo leído antes de ella. Todos tenemos los nuestros. A Nieves Mories las familias con historias retorcidas parecen tirarle con fuerza, quizá ahí empiece realmente el componente que hace de esto un libro de horror, al menos para mí. Todo ello transido de citas de poemas y canciones que harán el recorrido aun más pintoresco. Pero no te equivoques, no hay salvación en Budapest, ni aunque pueda parecerlo. Los caminos llevan a todas partes y a ninguna, a la propia vacuidad de la condición humana que creemos controlada y civilizada pero pende un fino hilo.

Es, de este modo, un libro de difícil lectura. Requiere atención y perseverancia, esfuerzo para ir analizando y colocando las piezas, no es un libro para cualquiera que se conforme con que le cuenten una historia lineal con la estructura de siempre, pero llore en cuanto le cambien una coma de sitio. Más bien al contrario, creo que requiere de un público atípico en nuestros días, el que no se acomada, el que gusta de reflexionar y de propuestas que desafíen su percepción. La percepción requiere participación, no lo olvidemos nunca. Si no requieren tu participación te están tratando como si fueses idiota. Nieves Mories confía en la inteligencia de quien se acerca a sus libros y eso se agradece.

Me dicen por el pinganillo que esto es un modo relativamente nuevo de hacer las cosas en la literatura de terror y que le llaman weird, o sea raruno, lo que te estoy diciendo desde el principio. Supongo que esto la emparenta con Jon Padgett y su El secreto de la ventriloquía, que leí hace poco y sí que es cierto que se pueden encontrar nexos en las formas. Sin lugar a dudas es menester profundizar en este particular.

No sé si después de esta parrafada a alguien se le habrá despertado el interés por acercarse a Budapest, pero ahora mismo no sé qué más decir sin contar nada fundamental que revele más de lo deseable, todavía estoy trabajando en la reconstrucción de mi mandíbula que se me quedó colgando del asombro con esta lectura. Espero que mi modesta aportación le sirva de orientación de cara al libro.

Gracias por su atención.

jueves, 22 de agosto de 2024

Pactum. Que el diablo os perdone. - Ángel Barrios

    Si es usted de esas personas que están atentas al devenir del andargraun literario y cuanto acontece entre los autores autopublicados, no me cabe la menor duda que ya conocerá, aunque sea de oídas, a Ángel Barrios. Es uno de los triunfadores de esta oleada virtualmente infinita de autores entre la cual es fácil perderse y terminar naufragando entre un sinfín de obras. En este caso se trata de una voz reconocible, que siempre está en lo más alto de las listas de ventas, una cara presente en muchas ferias del libro por todo el país, una publicidad siempre ingeniosa en redes sociales y unos libros que, como poco, llaman la atención.

Aunque el autor se ha dado a conocer con su serie de novelas Meseta Negra, obras muy recomendables, en esta ocasión me voy a centrar en su última publicación, Pactum. Que el diablo os perdone. Se trata de la segunda novela de la serie Averno, que por el momento cuenta sólo con dos historias pero no me cabe duda que pronto ampliaré. A Ángel le gusta trabajar en serie. Todo parece indicar, y de hecho así es, que se aleja de los parámetros iniciales de la novela negra en los que se movió con sus anteriores entregas para adentrarse en el terror. Veamos de qué va esto.


Efectivamente, todo parecido con sus obras iniciales parece ser pura coincidencia. Aquí Ángel se mueve en un registro de terror que nada tiene que ver con sus novelas negras de corte humorístico, herederas del esperpento de Valle Inclán y tono un pelín delirante. Cierto que hay matices, pinceladas, en las que quien le sigue encontrará a su autor deseando de soltar una de las suyas aunque el texto sea de una naturaleza radicalmente distinta. La cabra siempre tira al monte.

En esta ocasión la historia va de un profesor universitario que a su vez escribe guiones para películas. No le va mal en la vida pero su nivel moderado de éxito no le da para pagar las cuentas así que, agobiado por las deudas, decide abandonar su carrera y probar fortuna en la empresa familiar donde ganará mejores cuartos que estima que le permitirán una vida más satisfactoria o, al menos, desahogada. Una historia de madurez, a fin de cuentas. Con esta intención decide hacer el Camino de Santiago antes de empezar su nueva vida. Allí pernoctará en un Seminario en el que sucede toda la acción de la novela.

Huelga decir que el Seminario está maldito. Ya desde primera hora, cuando encuentra el misterioso papel en el tablón de anuncios que le lleva hasta allí queda claro que el asunto da mal rollo. Una vez allí todo empezará a ser cada vez más opresivo hasta llegar a un final que... bueno va de cosas demoníacas, ya lo dice el título, no diré más para no estropear la lectura a nadie. Pero a mí me ha gustado como cierra la historia.

Se trata de una novela corta, se lee en un rato. Tiene un deje cinematográfico y, en general, el tono es muy clásico, nadie espere este nuevo terror desconcertante y perturbador que anda por ahí dando vueltas y del que ya me ocuparé en otro momento. No, Ángel es un enamorado y gran conocedor del cine clásico y en estas historias de la serie Averno tira de ello para construir sus novelas. No en vano, tanto este Pactum como la anterior, Manos frías, ya habían visto la luz previamente en forma de guiones cinematográficos. A pesar de estar novelada, esa naturaleza de la historia no desaparece ni se diluye en la forma.

Hay un momento, cuando la historia empieza su recta final, que me desconcierta pues se detiene a contar la historia de algunos personajes, los que podríamos llamar "los malos" de la película. Entiendo que es necesario dar a conocer estas cuestiones pues dotan de trasfondo a la historia pero no termino de ver el modo elegido para hacerlo. Ángel siempre toma alguna decisión de ese tipo en sus libros y tiende a dejarme un tiempo pensando en cómo lo hubiese resuelto yo. No parece, en cualquier caso, que sea algo que afecte a la recepción de sus obras y puede que se trate más de una observación mía que soy muy peculiar para muchas cosas.

En resumen, la nueva faceta que está desarrollando Ángel Barrios como autor de novelas de terror de corte clásico es muy interesante y proporciona lecturas breves pero intensas con las que amenizar un par de tardes. Quizá me parezca más potente su propuesta cuando se trata de la serie Meseta Negra, pero estos libros se dejan leer con gusto y no desmerecen en cualquier biblioteca que se precie de contener lo mejor del andargraun español contemporáneo.

lunes, 19 de agosto de 2024

Tengo un blog

Pues sí, sé que es una obviedad pero tenía que decirlo. Tengo un blog. En pleno 2024 que la moda furiosa de bloguear quedó sepultada hace tiempo por la preeminencia de las redes sociales, aún tengo un blog.

Tengo un blog y no uno cualquiera, se trata, ni más ni menos, que de este blog. Quizá sea un blog pequeño, humilde, incluso un poco escuálido, no sido capaz de cumplir mis buenos propósitos de actualizarlo con material de calidad frecuentemente, pero es mi blog y me encanta.

Tengo un blog y es, a mi modo de verlo, algo romántico. Cualquiera puede tener un blog y petarlo con él, de hecho existen algunos muy ilustres, visitados e influyentes, pero lo normal es que queden como algo que se pierde en la red sin que nadie lo visite nunca, pequeñas islas desiertas en el inmenso océano de Internet. Así, mi blog, que pretendía ser un espacio donde dar rienda suelta a mis ideas como prolongación de mis obras literarias y musicales, se ha quedado en algo que de tarde en tarde alimento y poco más. 




He aquí una foto de mi blog, sé que usted está viendo el blog mientras ve en la pantalla una fotografía del mismo. Considerémoslo como un ejercicio de meta lo que sea, cualquier metacosa que usted guste y se apropiada para esta pequeña jugada a ver el espejo dentro del espejo.


Tuve un blog hace dos décadas. Se llamaba Siendo Quijote en el siglo XXI. Ya no existe, pero entonces lo actualizaba a diario, se contaban las visitas por miles y muchos hasta se dignaban a comentar. Eran otros tiempos. La fugacidad es la única constante en esta cultura de la inmediatez en la que cada día estamos más inmersos. Llegado un determinado punto de mi existencia lo borré entero, las razones ya no importan, creí que era lo que debía hacer en ese momento, que no me iba a arrepentir. Por supuesto me arrepiento desde lo más profundo de mi negro corazón. Ni siquiera hice copia de seguridad de nada y ahí había textos de bastante relevancia, siquiera para mi propia persona, no pretendo ser ahora nada más que un coleccionista de recuerdos.

Participé en otros blogs, tanto individuales como colectivos. No merece la pena dedicar mucho tiempo a hablar de ello, en todo caso señalar mis exiguas participaciones en el blog de Sevilla Escribe aunque sólo sea porque todavía se pueden encontrar online. Pero poco más queda de todo cuanto he hecho en la blogosfera salvo algunos comentarios en blogs ajenos que alguien puede entretenerse en rastrear si quiere, a mí me da pereza hacerlo, y el espacio que me han dedicado, con mayor o menor amabilidad, para reseñas y entrevistas. Luego está este blog.

A día de hoy tengo este blog, no le presto la atención que me gustaría y mis propósitos de enmienda, cuando finalmente me decido y lo actualizo con algo, siempre caen en saco roto. No voy a volver a caer en el autoengaño fantaseando con que esta vez será diferente. Así es y así está bien, o debe estarlo pues es lo que hay y rebelarse contra la realidad propia no siempre es positivo.

Tengo un blog, este blog, y en gran parte me hace feliz que sigue ahí para cuando quiera tirar de él. Lo demás... lo demás son otras cosas y la vida tiene un montón de ellas.

sábado, 10 de agosto de 2024

No habrá paz para los malditos - Katherine Vega

    Desde ayer que terminé de leer está historia, que mientras leía le decía a mi señora que era de demonios follarines, vengo dándole vueltas a todo cuanto su autora pone sobre la mesa. Me gustan los libros que te dejan pensando y con cierta sensación de vacío tras cerrarlos. Este es uno de ellos.

    Cierto, porque la verdad siempre ha de ir por delante y más en este tipo de textos si queremos que quienes nos lean, aunque sean pocos, nos tomen en serio, que no ha sido el libro de Katherine Vega que más me ha gustado. Igualmente cierto es que no he leído todo lo que ha publicado, esta señora es una máquina imparable, prolífica como un Lope de Vega, ¿serán familia?. Denle tiempo y su obra, que ya empieza a ser extensa, se tornará en inabarcable. Ante una producción tan basta es obvio que algunos libros te van a gustar, o incluso interesar, más que otros porque, además, la amiga Katherine Vega se mueve por géneros y estilos como pez en el agua. Muy completa, sí señora, todo un talento el suyo. Elija el libro de su autoría que estime que más se puede adaptar a su gusto y dele una oportunidad, no se arrepentirá. Pero hoy voy a hablar de No habrá paz para los malditos. 



    Que no sea mi favorito, en ese podio están Algo malvado y Profanarás la carne casi inamovibles a la espera de que lea, en breve espero, No podrás escapar, no implica que no haya disfrutado con la lectura. Hay un momento que se me atraganta un poco cuando muchos capítulos terminan, como en aquel episodio de los Simpsons, con erótico resultado. Esta tendencia al continuo folliscar de los personajes me descolocó en parte porque no sabía, no buscaba, que se trataba de una novela erótica. No soy afecto a esas lecturas. Por suerte no es el caso, aunque a la señora Vega le gusta recrearse en las bajas pasiones de sus protagonistas. No importa, somos adultos, no vamos a escandalizarnos por unos cuantos polvos, aquí hay una historia que cada vez se hace más interesante y merece ser leída.

    Todo parte de una premisa en la que Lucifer, después de siglos siendo el amo y señor del Infierno, se harta, decide abdicar de su trono y largarse a Los Ángeles a vivir la vida loca en el Paraíso, un casino que se ha montado ex profeso. Para ello se hará acompañar de Leraie, general del Séptimo Círculo del Infierno y su amante predilecta, y Astartea, hermana de esta y demonio con muy malas pulgas. Todo está en orden para el desenfreno, sexo, drogas y rock and roll, aunque a Lucifer parece gustarle más el blues. El contrapunto viene, por supuesto, de que esta dejación de funciones como soberano del Averno no va a quedar como si no hubiese pasado nada, Leraie y Astartea temen que esto pueda tener consecuencias celestiales y vaya si las tiene. Y, parafraseando a Mayra, hasta aquí voy a leer la tarjetita.

    La novela se desenvuelve en torno a estos personajes y otros de la mitología cristiana que implican desde Lucifer y otros demonios a ángeles como Gabriel, Michael o el mismísimo Dios, pasando por secundarios de lujo como Caín, Lilith o Adán. Desde ya aviso que si usted es muy creyente de estas cosas y susceptible de ofenderse con facilidad será mejor que no se acerque a este libro, las cosas como son. Katherine Vega se entretiene en subvertir las reglas del juego desde sus propios eslóganes clásicos, una gamberrada de lo más divertido, todo hay que decirlo, cuando vemos todas estas figuras comportarse como si estuviésemos antes las historias de los dioses clásicos de Grecia. Ya por ahí la cosa va bien, nos ha salido blasfemilla la autora, ¿que le vamos a hacer? Se nos pone nietzscheana, hace una transvaloración y tira millas. He de reconocer que me he reído bastante con sus osadías y pensando en los escándalos que se podrían montar algunos en su cabeza de llegar a leer esto. Quizá necesiten ser escandalizados, ¿quién sabe?

    Lo mejor, como suele decirse, para el final, pero esa sí que no la voy a desvelar, sólo diré que es ÉPICO, así, con todas sus letras en mayúscula. Mola muchísimo. Me podría extender, me encantaría extenderme, pero no quiero estropear la lectura a nadie. A ver si montamos un club de lectura y ahí comentamos, mientras tanto no voy a decir nada más.

    En resumen, una novela gamberra y divertida que invita a alguna que otra reflexión y que se lee con gusto hasta llegar a un finalazo. No es poco, ¿no le parece? Si usted no tiene una mente cuadriculada y le gustan este tipo de historias haría bien en asomarse a leer como la cuenta Katherine Vega, lo hace de un modo fresco y sencillo no por ello falto de un trasfondo profundo y complejo donde el bien y el mal, igual que en la vida misma, se confunden, se enredan e incluso terminan folliscando de vez en cuando. Todo bien y muy recomendable.

    Muchas gracias por su atención.

EL SILENCIO NO EXISTE

EL SILENCIO NO EXISTE  Hoy es un día especial, solo por serlo, por nada en particular. Quizá por eso  he hecho las cosas  de otra manera. Me...