Dentro del estudio de la música nociva, cuya hipótesis nula es que esta no existe por sí misma y que depende de otras variables ajenas al hecho puramente musical, el subgénero conocido como black metal puede resultar problemático. Hay mucha tela que cortar sobre este particular de modo que, para ir encuadrando el tema, vamos a servirnos del un artículo de opinión publicado recientemente en The Guardian y que se puede encontrar aquí para quien desee acudir directamente a la fuente. Se trata de un texto de la escritora eslovaca, y colaboradora habitual del medio, Ana Schnabl, en el cual nos relata su experiencia con el género. Veamos qué nos cuenta.
El titular nos habla de algo muy común a quienes no somos angloparlantes, el hecho de llevarnos las manos a la cabeza cuando por fin entendemos las letras de muchas de las canciones que hemos disfrutado desde pequeños. El mero fenómeno de escuchar música en un idioma que no es el propio y deleitarse en ella sin comprender los textos que se cantan ya es en sí mismo muy interesante. Los estilos musicales tienden a tener un idioma oficial muy ligado al entorno cultural en el que se desarrollan originalmente. Así, la ópera y el italiano van de la mano (aunque con su expansión terminaron escribiéndose óperas en muchos otros idiomas, como en el caso del rock), el flamenco y el español aunque lo canten en Japón, la bossa nova y el portugués, o el blues y sus derivados y el inglés (aunque ya hemos señalado que ha terminado, como la ópera, siendo cantado en todos los idiomas imaginables). ¿Es la música un lenguaje universal capaz de ser comprendido más allá de las palabras que contiene? La respuesta parece compleja.
Por un lado la respuesta es afirmativa. Obviamente se puede disfrutar de una canción sin comprender absolutamente nada de lo que está diciendo su letra. Es más, tengo amigos que no saben ni una palabra de inglés pero la mayor parte de la música que escuchan es en este idioma y ellos se imaginan lo que las canciones quieren decir, adaptándolo, consciente o inconscientemente, a lo que ellos quieren que digan. A otros, este mismo desconocimiento, les ha servido de estímulo para aprender el idioma en cuestión y saciar su curiosidad por saber qué están diciendo en realidad esas canciones que tanto les gustan. Y ya no hablo solo del inglés, me consta que hay personas aficionadas al K-pop aprendiendo coreano, cada uno que haga con su vida lo que le apetezca, evidentemente. El disfrute siempre será potencialmente mayor cuando entiendes lo que te están diciendo, o al menos en teoría, porque llegado ese momento se puede plantear un problema y es que lo que te estaban diciendo, sin tú saberlo, entra en conflicto con lo que tú entiendes que es correcto. Se produce una quiebra pues lo que comprendías, o creías comprender, era una construcción personal basada en una parte de la información que no estaba accesible para ti y que, cuando la has conseguido, pone en duda lo que dabas por sentado. Dado que la música apela de un modo directo a las emociones lo que se da es una sensación de traición a los sentimientos más básicos. ¡Menudo palo!
De esto nos habla la autora, del chasco que se llevó cuando se sumergió en los textos y las historias del black metal. No sé si con la música que escuchaba se pensaría que las letras iban sobre margaritas, amor, la primavera y el olor de la sal en un atardecer a orillas del mar Cantábrico, que pudiera ser, pero yo creo que no sería muy coherente. Lo que sí es seguro es que no esperaba el presunto salto de autenticidad que da el género. Donde otros estilos de rock y metal son todo pose, espectáculo y entretenimiento, el black metal reclama para sí ser el baluarte de ese algo tan esquivo que es la autenticidad y muchos de sus devotos lo llevan a ultranza, o al menos esa es la imagen que quieren proyectar. La autora nos dice que su yo adolescente estaba fascinado con el aspecto y el sonido misantrópico de esas bandas, pero que se horrorizó cuando vio lo que eso significaba.
—¡Huy, mira que chulo es ser misántropo!
—Pero, ¿tú sabes lo que es eso?
—No, pero mola mucho.
—Pues mira, hija, ser misántropo es esto —Se lo muestra.
—¡Ay, no, que puto horror!
Este boceto de diálogo viene a ser un resumen de lo que nos cuenta Ana en su artículo, pero ese resumen grosero nos priva de la oportunidad de analizar cosas muy importantes que pone encima de la mesa. Vayamos por partes porque para eso hemos venido, no para mofarnos de algo que, por otra parte, es más serio de lo que puede parecer.
La historia empieza en la adolescencia de la autora, no podía ser de otro modo. Ese período existencial, que parece un invento del siglo XX aunque en eso entraremos en otro momento, en el que nos estamos buscando a nosotros mismos y que tan delicado puede llegar a ser. Siempre hay un amigo qué, alguien carismático, un influencer que dicen ahora, o lo que sea, que nos guía. Un flautista de Hamelín, tema del que nos ocuparemos pronto. En este caso, un amigo que llevó a nuestra protagonista a introducirse en el black metal. Afirma haber llenado su habitación de posters, haber cambiado su vestimenta por ropa negra y pasarse horas en foros sobre el género buscando ediciones raras, pero no haberse enterado de qué iba el tema.
Me da la impresión de que esta falta de conocimiento sobre el contenido de aquello que escuchaba no se sostenía en el desconocimiento del idioma o tener escaso acceso a la información, sino a una falta genuina de interés que pudiera tener como base el haber hecho una primera interpretación errónea, ya hablamos de ello arriba, que resulta útil y nos hace esquivar el buscar lo que son las cosas en realidad. Además denota cierto carácter compulsivo de querer hacerse con una colección completa de CDs, ediciones raras, etc que también resulta interesante. No sabemos, no podemos saber, si es un rasgo suyo personal que se ha seguido manifestando en otras facetas de su vida o algo adscrito a, y propiciado por, esa afición temporal al black metal. Me temo que el mundo en el que vivimos potencia ese rasgo en todos, I want it all and I want it now, lo que supone otro tema en sí mismo sobre el que detenernos en algún momento.
Cuando le llega el momento de la revelación su primera reacción es la habitual en esto casos, tratar de negociar con ello. Que Varg Vikernes, pues con no escuchar a Burzum está la cosa resuelta. Doy por sentado que usted conoce sobre Varg Vikernes, en caso contrario le invito a preguntar por ahí y formar su propio criterio al respecto. Pero, claro, luego rascas un poco y te encuentras que en el mundo black metal hay más nazis que botellines. Es lo que tiene una música ligada desde su origen al satanismo y que encima tiende a creérselo, no a espectacularizarlo como otros géneros. Si nos atenemos a lo que dicen los libros el satanismo, a nivel político, va a estar más cerca del nazismo que de la socialdemocracia, por ejemplo. Si buscas rebelión, misantropía y provocación y te asustas porque encuentras nazis, es de no haberlo pensado mucho. No existe cultura humana sin música asociada, ¿qué te hace pensar que los nazis no iban a tener la suya? Cierto, el black metal no es música nazi por sí misma, pero se presta la mar de bien a ello y, de hecho, hay toda una rama dentro de ella, el NSMB, que se mueve en esos parámetros. Por supuesto, nadie te obliga a escucharla o a estar de acuerdo con sus postulados. Puedes odiarla, repudiarla, denunciarla donde estimes oportuno, juntarte con tus amiguis y cancelarla en tuister (o X como lo llaman ahora), escribir rebatiendo sus postulados, lo que te de la gana, pero no podemos negar su existencia. Es absurdo porque está ahí y no va a desaparecer porque no te guste. A mí tampoco es algo que me vuelva loco, pero mi opinión no modifica la realidad. La cuestión aquí es si este black metal es música nociva. Veamos que más dice la autora.
Tras la revelación nos habla de lo ya estábamos planteando, que se trataba un problema típico de la adolescencia, y del ser humano en general, que es el de la pertenencia. Había decidido, de nuevo consciente o inconscientemente, que pertenecía a la comunidad black metalera, que la imagen que se había preformado era real y había soltado el timón sin ni siquiera abrir los ojos a ver donde en realidad estaba metiéndose. Hay mucho black metal que no es nazi, ni por asomo, e incluso ya ni satánico, más allá de eso, los manierismos blackmetaleros han sido adoptados por músicos que ni siquiera buscan esa autenticidad que hablábamos antes y para los que la música es "mera creación artística"; nuestra protagonista parecía haberse dado al NSBM sin darse cuenta y cuando se enteró de qué iba el rollo salió huyendo de todo e incluso terminó perdiendo el contacto con su introductor en ese mundo a pesar de que él también lo abandonó por los mismo motivos. No sé, a mí me parece que la historia puede ser un poco más compleja que lo que nos cuenta, pero no ahondemos por ahí.
La autora lanza una cuestión importante. Si hubiera seguido escuchando esa música, ¿hubiese terminado adoptando las ideas que subyacían a ella? Sus conclusiones son claras, permítaseme la cita directa:
We like to imagine that we are the authors of our convictions – that ideology arrives through argument and reason. But often it slips in sideways, piggybacking on aesthetics, community, taste. When you’re young, especially, belonging can matter more than belief. You pick up codes and allegiances without even noticing. You mouth things before you mean them. And the more you repeat them, the more you become them.
What saved me wasn’t my own moral clarity, but a quiet act of attention. Someone I trusted took the time to investigate what I hadn’t, and offered that knowledge without condescension. It didn’t feel like a confrontation. It felt like being gently turned back toward myself.
Para quien no entienda inglés viene a decir que nos gusta pensar que nuestras ideas nos son propias, que son fruto de la argumentación o la razón, pero que a veces nos la cuelan de los modos más diversos y que cuando eres joven es más fácil todavía. La pertenencia y los gurús son malos consejeros. Paradójicamente, lo que la salva a ella es también una especie de gurú que le ayudó a volver al redil. ¿Estamos hablando todavía de música?
Finaliza la autora afirmando que ahora sí presta atención a los textos de la música y me parece fantástico que lo haga, le puede ahorrar muchos disgustos como el de encontrarse escuchando y disfrutando algo con lo que no está de acuerdo, música nociva. Sin embargo, a pesar de este testimonio que nos regala Ana Schnabl, sigo pensando que el problema no es de la música en sí misma sino del uso que se hace de ella porque, claro, transmitir ideología nazi es malo. O al menos es malo en los términos de aquellos que no somos nazis, los nazis es harto probable que lo vean de otra manera e incluso aprovechen los textos de estas canciones para exponer sus puntos de vista. Y ahora, ¿quién es el bueno y el malo? ¿Quién tiene razón? Me temo que ahí sí que entramos en otro tema que se aleja por completo del foco de interés de esta investigación que es la existencia de la música nociva, aunque nos da un parámetro que creo que seguiremos viendo más a menudo conforme avancemos. El problema subyacente a una música que se considere nociva es un enfrentamiento entre cosmovisiones contrapuestas. Mientras tanto el artículo de The Guardian nos ha propiciado unas cuantas pistas sobre las que dirigir nuestras pesquisas y profundizar en el futuro. Gracias Ana por tu historia y a ti, estimado par de ojos que leen con atención, por tu tiempo.